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  • Puedes confiar en la ciencia y creer en conspiranoias a la vez: la psicología explica el porqué de esta contradicción

    Puedes confiar en la ciencia y creer en conspiranoias a la vez: la psicología explica el porqué de esta contradicción

    Durante décadas, dimos por hecho que esa confianza actuaba como una vacuna frente a la desinformación. Con un razonamiento intuitivo, nos figuramos que quienes aceptan las evidencias acumuladas, comprenden el valor de la investigación y respetan el criterio de los especialistas deberían mostrarse menos receptivos ante afirmaciones insólitas y carentes de un respaldo firme.

    La realidad humana, sin embargo, rara vez encaja en esquemas simples. Los hay que celebran numerosos logros científicos, reconocen el peso de la actividad académica y, aun así, otorgan credibilidad a narraciones irracionales sobre verdades ocultas, avances silenciados o expertos perseguidos por revelar aquello que nadie desea admitir.

    ¿Cómo surge una combinación tan desconcertante? Un artículo publicado en Current Psychology propone una respuesta psicológica cuyo eje no es tanto la desconfianza hacia la ciencia como la percepción que mucha gente alberga acerca de cómo progresa el saber científico.

    ¿Qué significa realmente confiar en la ciencia?

    Antes de entrar en materia, es preciso aclarar una cuestión esencial. Confiar en la ciencia no equivale a admitir cualquier declaración pronunciada por alguien con bata blanca, ni implica considerar infalibles a quienes ejercen esa labor. Tampoco supone creer que las conclusiones de la comunidad científica, fruto de aquella, permanecerán inmutables.

    Confiar en la ciencia no implica considerar infalibles a quienes ejercen esa labor ni creer que las conclusiones de la comunidad científica, fruto de aquella, permanecerán inmutables.

    En realidad, ese respaldo recae en un procedimiento. La actividad científica avanza mediante observaciones, experimentos, revisión por pares, reproducción independiente de resultados y rectificación constante de errores. Ningún descubrimiento adquiere solidez porque lo anuncie una voz concreta, sino porque muchas otras procuran comprobarlo, debatirlo o rebatirlo.

    Ahí reside una gran fortaleza. Las equivocaciones afloran, las hipótesis fracasan y las interpretaciones varían cuando las pruebas obligan a corregir el rumbo. Paradójicamente, la ciencia merece fiabilidad porque incorpora mecanismos destinados a localizar sus propios fallos.

    Asimilar este principio se vuelve imprescindible para entender la aparente paradoja examinada por los autores.

    El relato que hemos aprendido sobre los grandes descubrimientos

    Veamos ahora cómo solemos acercarnos a la historia científica. De la escuela al cine, pasando por documentales, novelas o series, abundan crónicas protagonizadas por individuos excepcionales capaces de alterar nuestra forma de entender el universo.

    Galileo cuestiona las ideas aceptadas, Newton formula las leyes del movimiento, Marie Curie abre caminos desconocidos y Einstein revoluciona la física. Suele aparecer una mente brillante enfrentada a la incomprensión de su época hasta que, al final, demuestra que estaba en lo cierto.

    Estas semblanzas poseen gran valor divulgativo: despiertan curiosidad y facilitan el recuerdo de episodios históricos. A la vez, simplifican un proceso bastante más complejo.

    La mayoría de los logros actuales no nace del esfuerzo aislado de un talento privilegiado contra el resto del mundo. Surge gracias a equipos internacionales, controles sucesivos, acumulación de datos y colaboración entre múltiples laboratorios. Ese progreso se asemeja mucho menos a la epopeya de un héroe solitario que a una obra colectiva donde miles de profesionales aportan pequeñas piezas. Y tal oposición, aparentemente sutil, ocupa el centro de la cuestión.

    El progreso científico se asemeja mucho menos a la epopeya de un héroe solitario que a una obra colectiva donde miles de profesionales aportan pequeñas piezas.

    Cuando los conspiranoicos adoptan el papel del “genio incomprendido”

    El equipo examinó las respuestas de 843 participantes estadounidenses para explorar el vínculo entre distintas concepciones de la ciencia y la susceptibilidad hacia teorías conspirativas. Al tratarse de un estudio correlacional basado en una encuesta transversal, no puede establecer relaciones de causa y efecto, una limitación que los propios autores reconocen expresamente.

    Uno de los conceptos centrales es la denominada mentalidad del genio. Plantea una interpretación de la trayectoria investigadora según la cual las aportaciones decisivas dependen principalmente de sujetos excepcionales capaces de enfrentarse al consenso dominante.

    Porque, a través de ese prisma, cuesta menos dar crédito al discurso de quien asegura poseer una verdad revolucionaria perseguida por instituciones académicas, gobiernos o empresas.

    Muchos conspiranoicos no rechazan necesariamente la ciencia; al contrario, procuran apropiarse de su prestigio retratándose como auténticos continuadores de Galileo o Einstein.

    Muchos promotores de conspiraciones adoptan precisamente esa identidad. Se presentan como voces valientes silenciadas por un supuesto sistema empeñado en ocultar información decisiva. No rechazan necesariamente la ciencia; al contrario, procuran apropiarse de su prestigioretratándose como auténticos continuadores de Galileo o Einstein.

    El análisis encontró asociaciones entre esa mirada sobre el avance del saber, la preferencia por fuentes informales de divulgación y una mayor aceptación de determinadas creencias conspirativas. Los firmantes subrayan, pese a ello, que tales datos reflejan vínculos estadísticos y no prueban que un factor produzca directamente el otro.

    ¿Por qué ese esquema puede ser tan convincente?

    Imaginemos dos mensajes distintos.

    El primero afirma que cientos de especialistas procedentes de numerosos países han alcanzado conclusiones semejantes tras años de labor autónoma. No existe un héroe principal, sino una extensa cadena de revisiones sucesivas.

    Recreación artística del contraste entre el método científico y el pensamiento conspirativo. ChatGPT, César Noragueda.

    El segundo asegura que un investigador brillante ha realizado un hallazgo rompedor, pero las autoridades pretenden impedir que la población conozca la verdad porque pondría en peligro intereses económicos o políticos.

    Objetivamente, el primer escenario reproduce con mucha mayor fidelidad cómo suele generarse el conocimiento científico. El otro, en cambio, conecta con una trama profundamente arraigada en nuestra cultura.

    Durante años, consumimos ficciones donde una figura singular vence la incomprensión general gracias a su talento. Cuando alguien repite ese molde, reconocemos enseguida el patrón. No porque existan pruebas suficientes, sino porque encaja con una expectativa aprendida de antemano.

    Consumimos ficciones donde una figura singular vence la incomprensión general gracias a su talento. Cuando alguien repite ese molde, nos encaja con una expectativa aprendida de antemano.

    Según los autores, esa familiaridad podría aclarar por qué ciertas personas juzgan plausibles algunos discursos conspirativos sin sentir que abandonan su aprecio por la ciencia. Dentro de ese marco mental, continúan defendiendo aquello que creen que ha impulsado los grandes hitos: el genio perseguido que se enfrenta a una mayoría equivocada.

    Lo que este estudio muestra… y lo que no demuestra

    Como sucede con muchos trabajos psicológicos, conviene leer los resultados con cautela.

    La encuesta no sostiene que ver documentales, escuchar pódcast o consumir divulgación informal convierta a nadie en creyente de conspiraciones. Tampoco afirma que cualquiera fascinado por personajes históricos termine aceptando pseudociencias.

    Lo observado son relaciones entre determinadas variables medidas en un momento concreto. La distinción es decisiva porque correlación y causalidad no significan lo mismo.

    Otro matiz llamativo es que la confianza en los científicos apareció como un predictor más sólido que la adhesión abstracta a “la ciencia”. Ese dato apunta a que la percepción de quienes investigan puede desempeñar un papel relevante.

    Los autores reconocen limitaciones relacionadas con el diseño empleado, el tipo de muestra utilizada y la necesidad de nuevos trabajos encaminados a confirmar o ampliar estos indicios mediante metodologías diferentes.

    Quizá el verdadero desafío sea contar mejor cómo opera la ciencia

    La aportación más sugerente del artículo no consiste en afirmar que confiar en la ciencia favorezca las conspiraciones, faltaría más. Semejante lectura sería incorrecta, por decirlo con suavidad. Su propuesta invita a mirar hacia otro lugar: el legado cultural acerca del desarrollo de la investigación.

    Recreación artística de la coexistencia de confianza en la evidencia científica y atracción por las conspiranoias. ChatGPT, César Noragueda.

    Si imaginamos que los adelantos dependen de personajes heroicos enfrentados al resto del mundo, será más fácil que alguien adopte ese mismo papel para reclamar credibilidad. Por el contrario, al advertir que lo que sabemos suele surgir del examen continuo, la cooperación internacional y la verificación independiente, cambia nuestra vara de medir ante afirmaciones sorprendentes.

    Tal vez, esa sea la lección más valiosa. No basta con fomentar el interés por la ciencia; conviene mostrar además cómo funciona realmente. La solidez del conocimiento científico no reside en la genialidad aislada de unas pocas personas, sino en la capacidad colectiva para poner a prueba las ideas, subsanar errores y elaborar modelos más fiables sobre la realidad.

    Captar esa diferencia no solo ayuda a interpretar mejor estas evidencias, sino que también modifica nuestra manera de distinguir entre un descubrimiento auténtico y una historia cuidadosamente diseñada para parecerlo.

  • Escuchar música cuando se estudia o trabaja podría servir para algo más profundo que concentrarse

    Escuchar música cuando se estudia o trabaja podría servir para algo más profundo que concentrarse

    Hay quien es incapaz de abrir un libro sin colocarse los auriculares. Otros precisan una lista de reproducción para contestar correos, elaborar un informe o preparar un examen. Tampoco faltan quienes únicamente rinden en silencio, pues cualquier melodía constituye una distracción. Desde hace décadas, el debate gira alrededor de una incógnita persistente: ¿escuchar música ayuda realmente a concentrarse?

    La contestación dista mucho de ser sencilla. Ciertos estudios han descrito beneficios bajo determinadas condiciones; otras pesquisas detectaron el efecto contrario o apenas apreciaron diferencias. Esa ausencia de consenso mantiene viva una controversia que, contemplada desde fuera, parece difícil de zanjar.

    No obstante, varios trabajos recientes invitan a replantear el enfoque. Acaso el interrogante nunca consistió en averiguar si una canción incrementa el rendimiento mental. Tal vez, la clave radique en descubrir qué persigue el cerebro cuando decide llenar de sonido su entorno ante una ocupación que exige atención sostenida.

    La concentración quizá no sea el primer objetivo

    Al iniciar un viaje, casi nadie pone el coche en marcha de inmediato. Lo habitual es ajustar el asiento, revisar los espejos, abrocharse el cinturón o seleccionar la ruta. Ninguna de esas acciones aumenta la potencia del motor, aunque todas contribuyen a reunir las circunstancias adecuadas para conducir con seguridad.

    Antes de asimilar conceptos, resolver un ejercicio complejo o redactar un documento, el cerebro necesita alcanzar cierto equilibrio entre activación, motivación y bienestar emocional.

    Algo semejante ocurre con el esfuerzo intelectual. Antes de asimilar conceptos, resolver un ejercicio complejo o redactar un documento, el cerebro necesita alcanzar cierto equilibrio entre activación, motivación y bienestar emocional. Un exceso de estrés puede perjudicar el desempeño; el aburrimiento o la apatía dificultan sostener la dedicación por mucho tiempo. Incluso factores cotidianos como el ruido ambiental o la sensación de cansancio influyen sobre la facultad de mantener el foco.

    Desde esa perspectiva, la música deja de concebirse solo como un recurso destinado a reforzar la concentración. También cabe utilizarla para acondicionar el ambiente y la disposición psíquica al emprender una faena o mientras esta transcurre.

    Dicho proceso, conocido en psicología como autorregulación, conecta los análisis de la psicóloga educativa Bridget Daleiden, Psychology of Music y Frontiers in Psychology y aporta un marco mucho más amplio que la clásica disputa acerca de si estudiar o trabajar acompañado por sonidos beneficia o perjudica.

    La música deja de concebirse solo como un recurso que refuerza la concentración; también acondiciona el ambiente y la disposición psíquica al emprender una faena o mientras esta transcurre.

    Cuando las costumbres cuentan una historia diferente

    La primera pista surgió al examinar la conducta de los propios estudiantes, en vez de limitarse a preguntar si ese acompañamiento los favorece o les dificulta avanzar. Un equipo de investigadores australianos comprobó que sus usuarios no actúan por simple inercia ni conservan siempre la misma selección. Por el contrario, amoldan lo que oyen al grado de dificultad del cometido pendiente.

    Al leer o tratar de entender contenidos complejos, predominan las composiciones instrumentales, pausadas y con menor densidad sonora. En las labores mecánicas o reiterativas, por su parte, suelen imponerse piezas rápidas y con letra. Ese patrón posee especial interés porque evidencia que numerosos sujetos modifican deliberadamente el paisaje acústico según las demandas mentales del momento, igual que regularían la iluminación de una estancia o buscarían un rincón apartado donde cumplir su encargo.

    Las respuestas recogidas en el estudio cuestionan asimismo otra idea muy extendida. Reforzar la concentración aparecía entre los motivos más citados, pero no ocupaba todo el panorama. Bastantes participantes afirmaban recurrir a temas musicales para aliviar la tensión, amortiguar conversaciones cercanas, combatir el tedio, conservar el impulso o volver más llevadera una sesión prolongada. Expresado de otra forma, la finalidad parecía residir menos en elevar directamente el potencial cognitivo que en generar un clima psicológico propicio para perseverar.

    La respuesta cambia cuando cambia el planteamiento

    Esa lectura coincide con la reflexión expuesta por Daleiden que resumió estos hallazgos en The Conversation. A lo largo de decenios, buena parte de la literatura científica ha procurado aclarar una cuestión concreta: si el acompañamiento musical elevaba o deterioraba el rendimiento. Sin embargo, tal formulación omitía un componente esencial: quienes eligen una canción no esperan únicamente recordar más información, sino intervenir en cómo se sienten al prepararse y mientras acometen la tarea.

    Bajo ese prisma, se disipa gran parte de la aparente contradicción entre publicaciones. Una melodía con letra puede interferir cuando el cerebro procesa lenguaje, especialmente al leer. Esa misma pieza, en cambio, quizá sea útil para arrancar un encargo tedioso, reducir el aislamiento percibido o preservar energía en una actividad rutinaria. No cabe hablar de una consecuencia universal porque tampoco existe un propósito único.

    Los diversos modelos psicológicos propuestos por los especialistas arrojan luz sobre semejante paradoja. Unos sostienen que ciertos estímulos acústicos compiten por los recursos mentales implicados en descifrar un escrito; otros subrayan su capacidad para modular el grado de activación, el ánimo o la predisposición con que afrontamos un desafío. Ambos planteamientos son compatibles, pues describen mecanismos distintos cuya influencia depende del contexto.

    Recreación artística del cerebro recibiendo estímulos musicales a través de unos auriculares y sus efectos sobre la atención y la autorregulación. ChatGPT, César Noragueda.

    No todos los cerebros recurren a la misma solución

    La tercera investigación incorporó un matiz crucial. Un grupo canadiense advirtió que las preferencias musicales también varían según las características personales. Los participantes con un perfil compatible con el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) empleaban con mayor frecuencia ese fondo sonoro al realizar ejercicios intelectualmente demandantes y mostraban predilección por obras más estimulantes que el resto.

    El hallazgo no implica la presencia de una lista de reproducción ideal para quienes presentan dicho perfil. Más bien, conduce a una conclusión diferente: cada cual parece servirse de la música para atender necesidades concretas.

    Además, tanto ese colectivo como quienes no manifestaban síntomas compatibles con TDAH alteraban las propiedades de lo escuchado conforme al tipo de ocupación, lo que afianza la idea de que el entorno acústico se amolda deliberadamente a los requerimientos cognitivos y emocionales de cada instante.

    El entorno acústico se amolda deliberadamente a los requerimientos cognitivos y emocionales de cada instante.

    Tal variabilidad permite comprender por qué cuesta tanto ofrecer una contestación universal. El mismo tema puede facilitar que alguien encuentre el empuje necesario para empezar una tarea, mientras otra persona precisa silencio a fin de descifrar un texto complejo. El desenlace nace de la interacción entre el quehacer, las circunstancias y las particularidades de quien lo lleva a cabo.

    Lo que realmente cambia esta perspectiva

    Consideradas en conjunto, las tres publicaciones trazan un marco novedoso para dar sentido a un comportamiento cotidiano. Quizá llevamos años intentando saber si la música fortalece la concentración, cuando la pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿qué intenta regular el cerebro para alcanzar ese estado de atención?

    Todavía no contamos con una resolución definitiva y los propios autores reconocen que permanecen abiertas numerosas incógnitas. Aun así, la evidencia acumulada indica que escuchar música puede formar parte de una estrategia de autorregulación mediante la cual mucha gente calibra su nivel de activación, amortigua el impacto del ruido, preserva el impulso o hace más llevaderas las sesiones prolongadas. En ciertos escenarios, esa adaptación favorece el desempeño; en otros, se transforma en una fuente de interferencia. De ahí que ninguna fórmula sea válida para todo el mundo.

    Acaso esa sea la enseñanza más valiosa. Así como algunos preparan un café, ordenan el escritorio o cierran la puerta al disponerse a comenzar una tarea exigente, otros se colocan los auriculares. No esperan que una canción haga el trabajo por ellos; buscan crear las condiciones psicológicas que faciliten ejecutarlo con mayor eficacia.

    Ese giro conceptual convierte una vieja discusión sobre la concentración en una cuestión mucho más sugerente: cómo aprendemos a disponer nuestra mente antes de ponerla a trabajar.

  • Vuelve el mito de la extinción de los pelirrojos

    Vuelve el mito de la extinción de los pelirrojos

    En agosto de 2007, decenas de medios de todo el mundo publicaron la misma sentencia: los pelirrojos estaban condenados a desaparecer y no quedaría ninguno hacia 2060. La fuente que se citaba una y otra vez era la Oxford Hair Foundation, presentada como un instituto de investigación. La letra pequeña contaba otra historia: esta supuesta extinción para 2060 partió de una fundación financiada por un fabricante de tintes, uno de los mayores del mundo en productos capilares. No era un laboratorio de genética publicando en una revista científica, sino comunicación con un interés comercial detrás.

    El titular corrió más rápido que su verificación. Se atribuyó incluso a publicaciones de divulgación que, leídas con atención, no defendían nada parecido a una extinción. El bulo, en el fondo, se sostenía sobre una advertencia alarmista impulsada por un conflicto de interés y varias citas mal atribuidas que nadie se paró a comprobar.

    La trampa lógica que engañó a medio mundo

    El razonamiento que hizo creíble la profecía parece de sentido común: el pelo rojo es un rasgo recesivo y cada vez hay más mezcla entre poblaciones, así que el rojo acabará diluido hasta desaparecer. Suena razonable y es falso, porque confunde que un rasgo se vea menos con que el gen que lo produce se extinga. En realidad, los rasgos recesivos se heredan de forma oculta a través de portadores sanos, de modo que el ADN que no se expresa no se borra, se guarda y se transmite.

    Por qué un gen recesivo no se extingue

    La genética de poblaciones lo formalizó hace un siglo con el principio de Hardy-Weinberg: en ausencia de selección, migración o azar extremos, la frecuencia de una variante genética se mantiene estable generación tras generación. No hay ninguna fuerza que empuje a un alelo recesivo hacia su desaparición solo por ser recesivo.

    Imagina el alelo pelirrojo como una carta guardada en una baraja enorme. Cuando dos personas tienen hijos, esa carta puede no salir a la mesa, pero sigue en la baraja y reaparecerá cuando dos portadores vuelvan a coincidir. Es la misma lógica de dominantes y recesivos que describió Mendel, y por eso los genes recesivos pueden saltar generaciones sin llegar a desaparecer jamás.

    La mezcla de poblaciones sí puede cambiar algo: la proporción de pelirrojos que vemos en un país concreto. Si mucha gente sin la variante se suma a la población, el porcentaje visible de pelo rojo baja. Pero eso implica una simple dilución estadística que no afecta a la supervivencia del gen. El alelo sigue circulando en los portadores, listo para volver a expresarse.

    Qué significa, molecularmente, ser pelirrojo

    Detrás del color está un gen llamado MC1R, situado en el cromosoma 16. Su versión funcional pone en marcha una señal que ordena a los melanocitos fabricar eumelanina, el pigmento pardo oscuro que oscurece el pelo y la piel y protege frente al sol. Sin embargo, las personas con el gen MC1R mutado producen feomelanina en lugar del protector habitual, un pigmento de tono rojizo.

    En 1995, el equipo de Valverde publicó en Nature Genetics la primera prueba sólida: encontró variantes de MC1R en más del 80 % de las personas con pelo rojo y piel clara. Como hacen falta dos copias variantes para el efecto pleno, el fenotipo es recesivo. Este bloqueo de la ruta original explica por qué el pelo cobrizo y la piel pálida siempre aparecen de forma conjunta en quienes portan la mutación completa.

    Esquema del receptor MC1R
    Esquema de la ruta de pigmentación donde actúa el gen MC1R.

    Por qué existe y por qué se concentra en el norte

    El pelo rojo es raro a nivel global, pero se agolpa en la Europa atlántica. En Irlanda ronda el 10 % y en Escocia llega al 13 %, la mayor concentración del planeta, donde buena parte de la población lleva al menos una copia variante. Según los expertos, las latitudes altas relajaron la necesidad evolutiva de tener la piel oscura para protegerse del daño solar.

    Esta es una hipótesis plausible y debatida, no un hecho cerrado: en zonas con poca radiación ultravioleta, perder la protección de la eumelanina no penaliza la supervivencia. Es más, se ha propuesto que la piel extremadamente clara facilita sintetizar vitamina D con muy poca luz solar, lo que habría permitido que estas mutaciones se acumularan en el norte de Europa.

    El pelirrojo por dentro: más allá del color

    Las mismas variantes que dan el color tienen efectos invisibles para el ojo humano. El más estudiado es el riesgo cutáneo: los portadores de estas variantes presentan un riesgo muy superior de sufrir cáncer de piel, incluso ajustando por lo clara que sea su tez.

    Parte del motivo es que la feomelanina puede dañar el ADN por estrés oxidativo aunque no haya sol, y que MC1R influye en cómo la célula repara ese daño. Además, distintos estudios demuestran que las alteraciones en este gen modifican drásticamente la sensibilidad al dolor, obligando a usar dosis diferentes de anestésicos y analgésicos en procedimientos quirúrgicos u odontológicos.

    El rojo no se va

    La conclusión es tan sencilla como lo era engañoso el titular original. Un gen recesivo no desaparece por serlo, se refugia en los portadores y vuelve. Lo único que puede cambiar es cuánto se ve el pelo rojo en un lugar y un momento concretos. La ciencia confirma que el gen de los pelirrojos seguirá viajando de forma invisible en millones de personas, esperando el momento de volver a expresarse.

    Referencias

    • Valverde, P. et al. (1995). Variants of the melanocyte-stimulating hormone receptor gene are associated with red hair and fair skin in humans. Nature Genetics, 11, 328-330.
    • Harding, R. M. et al. (2000). Evidence for Variable Selective Pressures at MC1R. American Journal of Human Genetics.
    • AIM at Melanoma Foundation: Red Hair Genetics: 5 Things You May Not Know.
    • Medicover Genetics: Health risks for people with red hair.
  • Qué pasa con los niños superdotados al crecer

    Qué pasa con los niños superdotados al crecer

    David Lubinski lleva registrando a los mismos niños desde los años ochenta, cuando algunos todavía no habían cumplido los trece años y ya resolvían problemas de matemáticas propios de la universidad. La pregunta que se hacía entonces es la misma que persigue hoy a cualquier padre con un hijo precoz: qué es de esos niños cuando crecen. El divulgador David Robson ha repasado en New Scientist las respuestas que ha ido acumulando ese seguimiento, sumadas a un metaanálisis reciente de neuroimagen, y el retrato que sale desmonta buena parte del imaginario del genio infantil atormentado.

    Pensemos en dos pupitres separados por treinta años. En el primero, un niño de nueve años enfrascado en cuadernos de álgebra que le vienen grandes para su edad. En el segundo, el mismo cerebro, ahora frente a un ordenador y una hoja de cálculo, en un puesto de trabajo cualquiera. Ese es exactamente el arco que el Study of Mathematically Precocious Youth lleva cuatro décadas documentando: qué le ocurre a una mente precoz entre un pupitre y otro.

    El Study of Mathematically Precocious Youth (SMPY), dirigido por Lubinski desde la Universidad de Vanderbilt, ha seguido a más de 1.600 personas identificadas como superdotadas en la infancia durante cuatro décadas. A los cincuenta años, el grupo declara un bienestar subjetivo superior a la media de la población, y ningún indicio de que saltarse cursos o acelerar el ritmo escolar les haya pasado factura psicológica. La aceleración académica que tantas veces se señala como fuente de trauma no aparece por ningún lado en los datos.

    El propio Robson recuerda que este tipo de seguimiento no nace con Lubinski. La cohorte californiana reunida por Lewis Terman en los años veinte fue el primer intento serio de rastrear a niños con cocientes intelectuales muy altos a lo largo de toda una vida, y ya entonces desmontó buena parte de los mitos de la época sobre la fragilidad del genio precoz. El SMPY hereda ese diseño y lo actualiza con instrumentos de neuroimagen que Terman ni siquiera podía imaginar.

    El mito del niño quemado

    La wrecked-by-success hypothesis, la idea de que el éxito precoz termina por romper a quien lo protagoniza, ha circulado en la cultura popular durante décadas sin demasiado sustento empírico. El seguimiento de Vanderbilt la contradice de forma sistemática: ni el aislamiento social ni el agotamiento por sobreexigencia aparecen como patrón dominante entre los adultos que de niños fueron identificados como superdotados.

    Cuatro décadas de seguimiento y ninguna señal de niño roto: la precocidad no pasa factura en la vida adulta.

    Eso no significa que la infancia superdotada esté libre de fricción. Significa que el relato del juguete roto no encuentra respaldo cuando se sigue a las mismas personas durante cuarenta años en lugar de fijarse en anécdotas sueltas. Los adultos con altas capacidades descritos por la cohorte de Vanderbilt se parecen más a profesionales con inquietudes propias que al estereotipo del genio solitario, y los cinco rasgos que diferencian su forma de percibir el mundo tienen más que ver con la intensidad emocional que con la infelicidad.

    Lo que muestra el cerebro

    La segunda pata del reportaje de Robson llega de la neuroimagen. Karin Reuwsaat, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, ha liderado un metaanálisis que compara la anatomía cerebral de personas con altas capacidades frente a la población general.

    El metaanálisis de Reuwsaat, que compara la anatomía de cientos de cerebros con y sin diagnóstico de altas capacidades, encuentra un mayor volumen de sustancia gris en la corteza prefrontal dorsolateral y una conectividad de sustancia blanca más densa entre regiones. Esas son precisamente las áreas implicadas en la resolución de problemas complejos. Ese cableado más eficiente encaja con lo que ya se sabe sobre la plasticidad del cerebro: una red que recluta menos recursos para llegar al mismo resultado gasta menos energía por el camino.

    Conviene frenar aquí el entusiasmo antes de que el dato se convierta en promesa. Los propios autores del metaanálisis insisten en que estas diferencias son correlaciones de grupo, no un determinante individual de éxito, y que la pregunta de si ese cerebro nace así o se moldea por la estimulación temprana sigue sin resolverse. Casualidad no es causalidad. Vamos a repetirlo por enésima vez: una imagen de resonancia no certifica un destino.

    El 20% que sí depende del talento

    Si la neuroimagen explica el mecanismo, Enrico Toffalini, de la Universidad de Padua, pone el marcador que enfría cualquier entusiasmo: la inteligencia explica alrededor del 20% de la varianza en el éxito vital de una persona. El 80% restante depende de variables que ningún escáner recoge.

    Un cociente intelectual alto predice bien las notas de instituto. Predice mal cómo te irá dentro de treinta años.

    Gilles Gignac ha identificado la escrupulosidad y la estabilidad emocional como los rasgos no cognitivos que mejor explican esa brecha entre potencial y resultado. Dos niños con el mismo cociente intelectual pueden terminar en trayectorias vitales completamente distintas si uno gestiona mejor la frustración o sostiene el esfuerzo con más constancia que el otro. El peso real del coeficiente intelectual en las decisiones futuras ya apuntaba en esa misma dirección antes de este reportaje.

    La grieta socioeconómica

    Queda una limitación que ninguno de los estudios revisados por Robson resuelve del todo: quién llega a ser identificado como superdotado. Expertos de Johns Hopkins advierten de que la detección del talento sigue estando sesgada por el entorno socioeconómico, de forma que niños con el mismo potencial y menos acceso a evaluación psicológica o a centros educativos preparados quedan sistemáticamente fuera de cohortes como el SMPY.

    La identificación del talento deja fuera de cohortes como el SMPY a una parte de los niños con el mismo potencial cerebral, simplemente porque nunca llegan a pasar por una evaluación psicológica formal. No es un matiz menor: condiciona a quién describen después los propios estudios.

    Comparativa visual de un pupitre escolar retro de un niño y una mesa de escritorio de trabajo moderna de un adulto.
    Representación conceptual de la trayectoria entre la infancia precoz y la vida profesional adulta. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.

    Esa grieta abre una pregunta que el propio Robson señala como el siguiente paso lógico de esta línea de investigación: si el sesgo de partida se corrigiera, ¿el mapa de sustancia blanca de Reuwsaat seguiría mostrando el mismo patrón, o revelaría que esa arquitectura cerebral es bastante más común de lo que las cohortes actuales dejan ver?

    Referencias

    • Robson, D. (2026). We’re finally learning what happens to gifted children in adulthood. New Scientist.
    • Reuwsaat, K. et al. (2026). Meta-analysis of structural and functional brain connectivity in intellectually gifted individuals. Federal University of Rio de Janeiro.
    • Lubinski, D. & Benbow, C. P. (2020/2025). Longitudinal study of mathematically precocious youth (SMPY): 40-year follow-up and midlife questionnaire. Vanderbilt University.
  • La idea equivocada que muchos tienen al cerrar persianas y cortinas para combatir el calor en verano

    La idea equivocada que muchos tienen al cerrar persianas y cortinas para combatir el calor en verano

    A primera hora de la tarde, cuando el Sol golpea la fachada, bajar la persiana y extender la cortina constituye un gesto tan cotidiano que rara vez despierta curiosidad. Sin embargo, esa costumbre doméstica encierra una cuestión física en la que no solemos pensar: si ambas capas interceptan una fracción de la temperatura que procede de fuera, ¿su acción combinada coincide de verdad con lo que suponemos?

    El periodista Alex Bellos ha llevado esa pregunta a su sección de acertijos de The Guardian a partir de una propuesta del físico teórico Alan Williams-Key.

    Los elementos de este pasatiempo estival para los lectores incluían materiales homogéneos, una habitación idealizada, un sistema previamente estabilizado y la omisión deliberada del vidrio para reducir el problema al intercambio de radiación entre la persiana y la cortina. De ese modo, una escena corriente del verano quedaba convertida en un desafío intelectual sin necesidad de ecuaciones complejas ni instrumental de laboratorio.

    Su interés no reside en calcular los grados centígrados exactos en un salón verdadero, sino en derribar una concepción muy extendida del calor. Es habitual imaginarlo como una sustancia que supera obstáculos mientras pierde intensidad, pero la física de las edificaciones amplía ese esquema al considerar acristalamientos, circulación del aire, superficies reflectantes, orientación de la fachada y otros factores que no se encuentran en el experimento mental del periódico británico.

    Una cuenta demasiado fácil

    A primera vista, el razonamiento parece impecable. Una cortina absorbe la radiación solar que cruza la ventana, se calienta y, una vez logrado el equilibrio, emite exactamente la misma cantidad que recibe: más o menos, una mitad, hacia el vidrio, y la otra, hacia el recinto. Bajo esas condiciones idealizadas, una sola tela deja pasar el 50 por ciento del flujo de calor incidente, y nada invita todavía a sospechar siquiera que esa deducción contiene un fallo.

    El panorama cambia al interponer una persiana entre el acristalamiento y la cortina. Si la barrera inicial transmite la mitad de lo recibido y la segunda redistribuye esa fracción, el cálculo inmediato conduce a multiplicar 0,5 por 0,5. La cifra obtenida parece ser un 25 por ciento. Nuestra mente la acepta porque imagina un recorrido lineal, como si cada capa actuara sin alterar a la contigua.

    Ahí nace la equivocación. La cortina no queda inerte después de absorber radiación: al calentarse, emite de nuevo en ambas direcciones. Una mitad avanza hacia la estancia; la restante retorna a la persiana y contribuye a intensificar su calentamiento. Las dos superficies continúan irradiándose mutuamente hasta recuperar la estabilidad térmica.

    La cortina, al calentarse, emite de nuevo en ambas direcciones; una mitad avanza hacia la estancia y la restante, hacia la persiana, e intensifica su calentamiento; y las dos superficies continúan irradiándose mutuamente hasta recuperar la estabilidad térmica.

    La respuesta correcta al acertijo

    El fenómeno puede describirse como un diálogo, un intercambio entre dos planos, entre la persiana y la cortina.

    La una envía primero radiación a la otra; esta responde, la persiana recibe esa emisión y la libera otra vez. En el supuesto planteado por Alex Bellos, si el tejido desprende una unidad hacia cada lado, necesariamente tuvo que absorber dos. La persiana entrega dos unidades a la cortina y otras dos hacia el lado exterior del sistema idealizado (en una ventana real, hacia el vidrio y, finalmente, hacia el exterior).

    Ahora bien, no todo lo que expulsa procede directamente del Sol. De las cuatro unidades emitidas por la persiana, una había regresado previamente desde la propia cortina. La contribución solar queda reducida así a tres, mientras únicamente una llega a la habitación. Por eso la proporción final ronda el 33 por ciento: un tercio, no el 25 por ciento sugerido por la errónea operación inicial.

    La proporción final de radiación y temperatura que llega a la habitación ronda el 33 por ciento: un tercio, no el 25 por ciento sugerido por la errónea operación inicial.

    El acertijo admite una ampliación sencilla: con una sola persiana o cortina, pasa la mitad; con dos, un tercio; con tres, un cuarto. Dentro de ese modelo y al incorporar tantas barreras, si quisiésemos expresarlo en términos matemáticos, diríamos que la transmisión hacia el espacio habitable equivale a 1/(n+1): cada obstáculo añadido recorta la ganancia solar, aunque nunca basta con aplicar otra división entre dos al valor precedente.

    Una vivienda real incorpora muchas más variables

    Conviene detenerse antes de trasladar ese 33 por ciento a un edificio verdadero. El planteamiento omite el vidrio, el color, la geometría y cualquier movimiento del aire. Tampoco diferencia la radiación solar de onda corta de la emisión infrarroja de onda larga. Todo el escenario constituye una simplificación deliberada destinada a ilustrar un principio físico, no a reproducir fielmente cuanto ocurre dentro de una construcción.

    En una ventana convencional intervienen tres vías simultáneas: una porción de la radiación atraviesa el acristalamiento o se refleja sobre él; la conducción hace que el calor pase, a través de materiales sólidos como el vidrio, desde las zonas más calientes hacia las más frías; y la convección pone en movimiento el aire calentado junto al mismo vidrio, formando corrientes que también transportan energía. Ninguna actúa de manera aislada cuando la luz solar incide sobre una fachada, de modo que la física de la edificación estudia su combinación como una dinámica inseparable.

    Basta imaginar una cazuela puesta sobre el fuego. El metal conduce el calor desde la base, el líquido genera corrientes internas y la superficie incandescente irradia hacia la cocina. Algo semejante sucede en un acristalamiento. La separación entre los vidrios, las infiltraciones y la inclinación de las lamas de la persiana determinan la respuesta térmica del sistema.

    Parte de la radiación atraviesa el acristalamiento o se refleja sobre él; la conducción hace que el calor pase, a través del vidrio, desde las zonas más calientes hacia las más frías; y la convección pone en movimiento el aire calentado junto al mismo vidrio, formando corrientes que también transportan energía.

    Lo que han revelado décadas de investigación

    Durante años, ensayos experimentales y simulaciones numéricas sobre persianas venecianas han examinado esa interacción. Los trabajos contemplan las diferentes inclinaciones de las lamas, las distancias respecto al vidrio, la cantidad de aire que circula por la cámara situada entre ambos y las propiedades ópticas de los materiales. Las pruebas acumuladas confirman que una persiana altera el balance térmico: cambia tanto la emisión como las corrientes ascendentes formadas junto al acristalamiento.

    También importa la composición. Un acabado claro refleja una proporción mayor de la luz solar incidente y, por lo tanto, absorbe menos, mientras que una superficie de baja emisividad dificulta el intercambio de calor por radiación infrarroja con el entorno.

    Las normas técnicas internacionales, como las publicadas por ASHRAE, definen la ganancia solar como la suma de la radiación transmitida directamente y de la absorbida que acaba incorporándose a la vivienda mediante radiación, conducción o convección. Ese índice expresa cuánta energía térmica cede finalmente un material después de calentarse.

    Recreación artística de una cortina que atenúa la luz, pero el calor ya ha atravesado el acristalamiento, y de una persiana exterior que mantiene el interior mucho más fresco. ChatGPT, César Noragueda.

    Por qué la protección exterior suele ser más importante

    La ubicación del elemento resulta decisiva. Una cortina instalada en la cara interior desempeña su función cuando la luz ya ha cruzado el acristalamiento. Puede reflejar hacia el exterior una parte de la radiación recibida, pero el tejido conserva la energía absorbida en la estancia y, posteriormente, cede una parte del calor almacenado al ambiente. Por tanto, entra en acción cuando una porción importante del aporte energético ya ha rebasado la ventana, con escaso margen para expulsarlo por completo.

    Un toldo, una contraventana o una persiana dispuestos al otro lado frenan la radiación antes de que incida sobre el vidrio. Buena cantidad de lo captado se disipa al aire libre, donde la ventilación acelera su dispersión. Diversas campañas de medición han registrado reducciones superiores con estas soluciones frente a otras equivalentes montadas dentro, aunque la eficacia depende del clima, la orientación y la configuración constructiva del inmueble. Sombrear la ventana desde el exterior evita, en consecuencia, que el acristalamiento acabe comportándose como un acumulador térmico.

    Eso no convierte a las cortinas en un recurso inútil. Los tejidos gruesos, los tonos claros y los recubrimientos reflectantes rebajan la ganancia de calor; cerrar correctamente los laterales dificulta las corrientes responsables de mezclar el aire recalentado con el resto del volumen habitable. Y a ello se suma el efecto aislante de la cámara de aire situada entre la persiana y el vidrio, cuando el aire permanece prácticamente inmóvil. Cuando no existe otra opción, una instalación cuidadosa todavía proporciona una mejora perceptible del confort.

    Un toldo, una contraventana o una persiana dispuestos al otro lado del vidrio frenan la radiación antes de que incida sobre él, y buena cantidad de la misma se disipa al aire libre.

    La lección que permanece cuando vuelve a entrar la luz

    ¿Qué merece la pena conservar después de resolver el acertijo? No el 33 por ciento, sino una manera más fiel de comprender cómo circula la energía. Esta no desaparece al encontrarse con un material: puede reflejarse, franquearlo, elevar la temperatura de su superficie o reaparecer transformada en radiación de otra longitud de onda. El pasatiempo sustituye una visión lineal por una red de influencias recíprocas donde cada componente condiciona a los demás.

    Esa perspectiva permite interpretar numerosas soluciones presentes en la arquitectura contemporánea. Los dobles acristalamientos recurren a cámaras de aire que obstaculizan la conducción y la convección; los recubrimientos de baja emisividad reducen el intercambio infrarrojo; las fachadas ventiladas favorecen la evacuación del aire sobrecalentado; los sistemas automatizados varían la inclinación de las lamas según la posición del Sol.

    Todas esas medidas persiguen un mismo propósito: intervenir sobre distintos procesos para limitar la entrada de energía térmica.

    La próxima vez que alguien baje una persiana y descorra una cortina, el gesto seguirá pareciendo rutinario, aunque su significado habrá cambiado. Entre la luz solar y el corazón de la vivienda se encadenan absorciones, reflexiones, emisiones y desplazamientos del aire. Comprender esa secuencia transforma nuestra percepción del calor: deja de verse como un invasor que supera sucesivas barreras para entenderse como un fenómeno continuo cuya evolución admite cierto control.

    Referencias