Año 1865
Mary Ann Ashford reside en la pequeña localidad de Clyst Honiton, en el condado inglés de Devon. Tiene 45 años y lleva 20 casada con William, el zapatero del pueblo. Su casa está al lado de la del alguacil Butt, del que ambos son buenos amigos.
Todo parece apacible en la vida de los Ashford, pero bajo esa calma discurre un torrente: el apasionado y secreto romance de Mary Ann con Frank Pratt, un joven de 23 años.
La mujer, perdidamente enamorada del muchacho, tramó entonces un plan para asesinar a su marido y empezar una nueva vida con su joven amante.
Cierto día, William empezó a sentirse mal y —según las crónicas de la época— le dieron “medicamentos” para dolencias no especificadas.
Cuando la esposa del alguacil fue a visitar a su vecino enfermo, notó algo extraño en el té, detalle que declararía más tarde ante la Justicia. A la mañana siguiente, William sufrió convulsiones y murió repentinamente.
Ese mismo día, el mismo alguacil Butt arrestó a su vecina, quien, según las mencionadas crónicas, en ese momento arrojó un polvo sospechoso al fuego. Parte de la sustancia cayó sobre el vestido de Mary Ann y fue posteriormente analizado: contenía arsénico y estricnina.
La mujer fue juzgada los días 16 y 17 de marzo de 1866, pero en realidad bastaron solo minutos para resolver la situación: sin apenas deliberación, el jurado declaró culpable a Mary Ann y ella hizo lo mismo.
Si bien el trámite judicial fue digno de olvido, la ejecución de la condenada fue tristemente memorable y tuvo consecuencias en el sistema legal del país.
De acuerdo con la prensa local, fue ahorcada en Exeter ante nada menos que 20.000 personas. Ese día, el verdugo no estuvo muy diestro en el montaje de la horca, y a su vez la ejecutada se contorsionó más que ningún otro penado.
Los forcejeos fueron intensos y la mujer parecía no expirar jamás. Finalmente, el verdugo tuvo que tomar a Mary Ann por los pies y ayudar a la gravedad con sus propias manos, con el fin de terminar con el penoso espectáculo.
Al parecer, la lamentable situación volcó la balanza hacia quienes defendían la idea de que las ejecuciones públicas eran algo salvaje (no así las que se hacían en privado). De hecho, apenas días después tuvo lugar la última ejecución pública del país, en Exeter, y fueron prohibidas por ley en 1868. A partir de entonces, la pena de muerte —que Inglaterra solo abolió un siglo más tarde, en 1969— se cumplió en la “privacidad” de los presidios.
Año 2026
Paul reside en Clyst Honiton y, como tantos residentes en el pueblo, tiene un perro. El animal, llamado Stanley, insiste en cavar en el patio de la casa, a pesar de que Paul y su esposa intentan impedírselo.
Semanas atrás, Stanley desenterró un objeto cilíndrico, muy sucio. Cuando Paul lo recogió, creyó que se trataba de un trozo de cañería, pero pronto descubrió que era algo más interesante: un frasco de vidrio azul, de aspecto muy “victoriano”, con la leyenda “NO INGERIR”.

El ‘responsable’ del hallazgo
En declaraciones al medio local Devon Live, Paul contó que el hallazgo le hizo recordar a la historia del asesinato de William Ashford y la ejecución de su esposa.
“Me pareció algo realmente interesante y hermoso cuando lo limpié y recordé algo sobre el asesinato”, dijo.
De hecho, según afirma Paul, su casa está en el lugar que antaño ocupaba una antigua sidrería, que a su vez lindaba con la casa del infortunado matrimonio.
“Busqué en internet y encontré información sobre el crimen en Clyst Honiton y sobre Mary Ann. No sé por qué enterrarían aquí una botella como esta, que habría sido muy útil para varias cosas. Entonces, ¿qué posible motivo tendrían para hacerlo? Bien pudo ser la botella que ella usaba para el veneno”, expresó el hombre, haciendo quizá un uso excesivo de la deducción.

El patio de la casa de Paul
En sus investigaciones, Paul descubrió que el joven amante de Mary Ann trabajaba en una panadería. Si bien en el pueblo había varias y las crónicas no dan detalles, Paul recuerda que “al final de la calle, justo frente a casa”, había una, y cree muy probable que Frank Pratt trabajara allí.
Paul, de 49 años, es consciente de que no es capaz de probar la relación de la botella en su jardín con el asesinato ocurrido hace ya más de 160 años, por lo que le gustaría tener la ocasión de salir de dudas.
“Me gustaría mucho que un historiador local averiguara más detalles”, expresó.
De momento, el frasco azul reposa en una estantería, y es un factor de disenso. “Mi esposa no la quiere en casa”, detalló.