En pleno siglo XXI, un pueblo se queda sin Internet cada vez que llueve, y no es una exageración, porque basta con que empiecen a caer unas gotas para que el WiFi desaparezca por completo. Cada tormenta repite el mismo patrón, convirtiéndose en un problema que afecta a toda la comunidad.
Ocurre en Westow, una pequeña localidad del condado de North Yorkshire, entre York y Malton, en el Reino Unido. Los vecinos dependen de una conexión inalámbrica que se apaga justo cuando más la necesitan, por lo que cada chaparrón significa quedarse incomunicados: sin teléfono, sin pagos con tarjeta y sin posibilidad de trabajar desde casa.
Mientras en las grandes ciudades se discute sobre la velocidad del 5G, en este rincón del norte de Inglaterra la lucha es mucho más básica, que es conseguir que el WiFi sobreviva a la lluvia. Un fallo tan absurdo que lleva años desconectando al pueblo cada vez que el cielo se nubla.
Cuando llueve, el pueblo se desconecta
En Westow, con cada tormenta, el WiFi se corta por completo y los vecinos quedan aislados. No hay cobertura móvil, así que la vida cotidiana se paraliza, donde los pagos se suspenden, las reuniones online se interrumpen y las llamadas de emergencia se vuelven imposibles.
El problema no afecta solo a quienes teletrabajan, en los negocios locales, los clientes a veces no pueden pagar porque el datáfono deja de funcionar, incluso han perdido reservas y ventas por culpa de los apagones. No es solo un problema técnico, es algo que frena la vida del pueblo.
La causa no tiene misterio, y es que Westow recibe Internet a través de un enlace de microondas, un sistema que transmite la señal por ondas entre antenas. Es una solución habitual en zonas rurales donde la fibra óptica aún no ha llegado, pero tiene un inconveniente evidente, y es que la lluvia debilita las señales.
Cada vez que el cielo se cubre, las ondas pierden potencia y el enlace se rompe. Lo mismo ocurre con algunas emisiones de televisión por satélite, pero aquí el resultado es más drástico, donde todo el pueblo queda fuera de línea. Un fallo en un país donde llueve, de media, más de 150 días al año.
Los pequeños comercios, los que más sufren
Cada vez que el WiFi se apaga, su sistema de pagos se detiene y los clientes no pueden usar la tarjeta. En ocasiones, según el medio BBC, algunos se marchan sin poder saldar la cuenta, mientras otros simplemente cancelan reservas al no poder contactar con el local.
El bar no solo es un negocio, también es un punto de encuentro y lugar de trabajo para quienes necesitan conexión. Cuando llueve, significa perder dinero.
En una sociedad hiperconectada, depender completamente del WiFi parece lo lógico, pero este pueblo demuestra que la dependencia digital también tiene su cara débil. Sin una red estable, los vecinos no solo pierden productividad, pierden la capacidad de comunicarse, comprar o incluso pedir ayuda.
Lo que para muchos es un simple corte de Internet, aquí supone una desconexión total, una vulnerabilidad tecnológica que deja en evidencia la falta de alternativas en pueblos pequeños, donde ni el móvil ni la fibra llegan con fuerza.
Una solución que no llega
La empresa Openreach, responsable del mantenimiento de la red, ha pedido disculpas públicamente y asegura estar investigando la causa. Sin embargo, los ciudadanos llevan desde 2017 denunciando el mismo problema sin que se haya solucionado del todo.
Cansados de esperar, los habitantes han creado una petición oficial para exigir una revisión completa de las instalaciones. El legislador Kevin Hollinrake se ha sumado a la causa y promete presionar a la compañía para acelerar la reparación. Pero, por ahora, cada tormenta sigue trayendo la misma consecuencia.
Este caso deja al descubierto que incluso en países tecnológicamente avanzados como el Reino Unido, la brecha digital sigue siendo profunda. Mientras las grandes ciudades disfrutan de redes de fibra y cobertura 5G, miles de pequeños pueblos dependen de sistemas antiguos y vulnerables.
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