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David Pastor Vico, filósofo: “La autonomía que cura el dolor social no nace de la soledad ni del aislamiento, sino del sentimiento de utilidad”

Hace un par de años que la industria farmacéutica informó a la sociedad española de que el consumo de antidepresivos se había incrementado un 1.060% en los últimos 30 años, según datos del informe de la OCDE difundido a finales de 2025. Cuando en 1992 se consumían 10 dosis diarias por cada mil habitantes, en 2024 la cifra alcanzó las 106 dosis diarias por millar y se espera que para 2030 sea la primera causa de discapacidad en jóvenes y adultos en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Epicuro ya sabía de este y otros padecimientos, aunque lo llamara de otra forma, y los enmarcara en lo que he definido, en un artículo anterior, como dolor social. No me cabe duda de que esta enfermedad es mucho más compleja de lo que un artículo es capaz de abarcar, y más siendo de un filósofo, pero alejándome de cualquier pretensión que no me compete, sí que me parece muy interesante -y a ti espero que igual- averiguar cómo desde la perspectiva ética se puede remediar el dolor social, no curar la depresión, pero sí evitar las consecuencias dañinas que siempre habrá de costarnos la herida ética que se abre cuando la realidad de los otros rompe nuestras expectativas; recordándonos que nuestro valor no lo fijamos nosotros, sino el “nosotros” al que pertenecemos y que no tiene que estar en sintonía contigo.

Camino al puerto del Pireo, a las afueras de Atenas y cerca de la puerta de Dípilon, no muy lejos de la Academia de Platón, vivía Epicuro en una propiedad en la que se presume habría una vivienda y un amplio huerto. En este huerto tenían cabida todos los que entraran para sumar, hombres, mujeres, esclavos e incluso cortesanas, y todo esto para espanto de vecinos y cotillas. Esta era la sede en el año 306 a.C. de la escuela de Epicuro: su jardín. 

Hoy hablar de Epicuro es hablar de hedonismo, y más cuando sabemos que en la puerta de aquel huerto ateniense podía leerse: “Huésped, aquí estarás bien; aquí el bien supremo es el placer” ¿Blanco y en botella, que no?

Para Epicuro, la felicidad no estaba en los excesos, sino en reducir las necesidades, cultivar la amistad y alcanzar la ataraxia, una vida libre de perturbaciones
Para Epicuro, la felicidad no estaba en los excesos, sino en reducir las necesidades, cultivar la amistad y alcanzar la ataraxia, una vida libre de perturbaciones. Foto: Wikimedia

Pero lo mismo estamos errando el tiro. ¿Y si ese placer se refiriera al mayor de los deseos de cualquiera que esté huyendo del dolor social: la ataraxia?

Las escuelas filosóficas, o morales que diría Gilles Lipovetsky, más populares de la época buscaban denodadamente la ataraxia. Los consejos de los estoicos, los escépticos o los cínicos prometían la paz de espíritu, la ausencia total de perturbación o conflicto en el alma. Si para Epicuro cualquier placer —como la comida o el lujo— podía aparejar dolor al verse uno privado de ellos en algún momento, ¿no es más lógico pensar que el mayor placer posible fuera la no dependencia? Es decir: no necesitar nada externo que bien pudiera faltarnos en algún momento. ¿Y si ese “no depender” fuera el primer paso para mandarse a uno mismo?

Y es que, si lo piensas bien, esa “no dependencia” de la que te hablo tiene un nombre que hoy usamos a la ligera pero que en el Jardín de Epicuro era sagrado: Autonomía.

Sí, imagino lo que estás pensando. Que hoy ser un autónomo es, básicamente, la mejor forma de asegurarte tener la mejor salud del universo, pues ahí de ti si te tienes que dar de baja por lo que sea. Pero podría ser aún peor. También puedes pensar que la autonomía es esa independencia económica que te venden los gurús amantes de hacer burpees a las cinco de la mañana, asegurándote que es la mejor forma para lograr tu primer millón de euros y ya así, no depender de nadie. ¡Ajá! Eso no es autonomía. No, te aseguro que no.

La verdadera autonomía viene del griego autos (uno mismo) y nomos (ley o norma). Y significa, literalmente, mandarse o dirigirse a uno mismo. Pero, quizá también te estés preguntando, ¿hacia dónde me mando? ¿Con qué propósito? ¿Con qué fin? Buenas preguntas, desde luego.

Recuerdas aquella famosa frase de la que ya hablamos “Conócete a ti mismo”. Te explicaba hace un tiempo que, lejos de ser un mantra de autoconocimiento simplón, Aristóteles remataría esta sentencia críptica más o menos así: “Conócete a ti mismo para, sabiendo en qué eres bueno, poder ayudar a los demás”. ¿No tiene todo un poco más de sentido ahora?

Piensa ¿Cómo vas a mandarte a ti mismo si a duras penas sabes quién eres o para qué sirves? Aquí es donde el remedio empieza a hacer efecto. La autonomía que cura el dolor social no nace de la soledad ni del aislamiento, sino del sentimiento de utilidad. Y para eso, los demás son una parte tan fundamental como tú mismo, ya no como promotores del dolor, sino como espejos en los que verte reflejado y poder aprender quién eres y para qué eres bueno.

Vuelve a pensarlo. Cuando descubres para qué eres bueno —ya sea arreglando un motor, escuchando a un amigo o cocinando unas lentejas con chorizo y morcilla que harían resucitar a un muerto—, tu valor deja de ser una fluctuación del mercado de las opiniones ajenas. Te haces dueño de tu ley, por muy kantiano que suene, porque sabes que tienes algo que aportar al “nosotros”. La autonomía es saber dirigirse en el mundo con la brújula del autoconocimiento. Si sé cuál es mi utilidad, ya no soy un náufrago esperando que otros me tasen; soy un navegante con rumbo.

Pero claro, ser el capitán de tu propio barco está fantástico, sí, aunque navegar en soledad solo es apto para quien así lo desea, y aun entonces exige ciertas reglas y límites.  Y, como ya vimos, el animal humano no está diseñado para el monólogo infinito. Por eso Epicuro, después de darnos la brújula de la autonomía, nos regaló los mejores compañeros de viaje: Los Amigos.

Sí, ya hemos hablado de la amistad, así que no me repito. Pero no me resisto a recordarte que a los amigos a los que me refiero no son esos de “a ver si nos vemos”. Te hablo de aquellos que son y están. Y no son más importantes por ser muchos, porque esto no va de contar monedas, sino de saber quién está y cuánto vale su presencia. A veces basta un pedazo de pan, unas risas y la certeza de no estar solo en ese jardín —o huerto— que entonces ya puede ser tan pequeño como una mesa o tan grande como una ciudad.

Y de ese estar juntos, nace el conocimiento, y junto a esa autonomía compartida con los amigos, brota el tercer ingrediente de esta receta: La Libertad.

Pero no. Tampoco hablo de la libertad a voz en grito de William Wallace al final de la película, ni de esa otra libertad de consumo que se conforma con poderse tomar una cerveza cuándo y dónde quiera. Eso no es libertad, es solo una oferta variada. Verás. La libertad, la de verdad, es la capacidad de elegir y decidir con sentido. Y aquí es donde la ética se da la mano con el conocimiento.

Piénsalo así: si solo conoces dos caminos, solo puedes elegir uno de ellos. Tu libertad entonces es una moneda al aire. Pero si conoces diez, veinte o cien formas de entender el mundo y de relacionarte con los demás, tu horquilla de elección se abre. Cuanto más conoces, cuanto más entiendes cómo funciona ese “nosotros” y qué papel juegas tú en él, más libre serás. El conocimiento no es un adorno intelectual, es el ensanchamiento de las paredes de tu celda. Claro que, Don Emilio Lledó lo explica mejor que yo, por supuesto.

A mayor conocimiento, mayor capacidad de decidir. Y a mayor capacidad de decidir, menor es la dependencia de ese azar externo que tanto dolor nos causa. Si sé quién soy (Autonomía), si tengo quién me sostenga (Amistad) y si sé leer el mapa del mundo para elegir mi camino (Libertad como posibilidad), el remedio estará ahí listo para servirme un cucharón colmado y ponerme a levantar menhires.

Pero ojo, no te despistes, que este remedio no es para quedarse encerrado en el Jardín mirándote el ombligo por muy cómodo que allí te sientas. Estar curado, o al menos no estar sedado, te obliga a mirar hacia fuera. Porque una vez que has conquistado tu autonomía y has aprendido a elegir, el siguiente paso natural de cualquier animal que no sea una bestia o un dios es la Ciudadanía. Y es ahí, en la política con mayúsculas, donde realmente nos lo jugamos todo.